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lunes, 2 de julio de 2018

SOBRE SER UN CRISTIANO INTELECTUAL



            El otro día me pasó algo curioso en una clase de 5to año. Estaba hablando con mis alumnos sobre el “relato fantástico” y, como siempre que se habla de eso, terminamos reflexionando sobre lo sobrenatural y las experiencias paranormales. Entonces, comenté al pasar que yo creía en Dios. La decepción del alumnado fue evidente, tan evidente que se hizo un silencio semejante al que se suele implantar luego de un momento bochornoso o, incluso, trágico. Finalmente, el silencio fue roto por uno de los chicos, que levantó la mano: “¿En serio, profe? ¿Usted cree en Dios? Eso sí es raro…”. “¿Por qué es raro?”, le pregunté. “No sé… No me lo imaginaba, teniendo en cuenta que usted es… es… no sé, inteligente”. Después de semejante respuesta, la discusión, obviamente, adquirió un nuevo derrotero.

            El colegio en cuestión es un colegio católico, por lo que la resistencia de los jóvenes a la religión es más vehemente ahí que en otras instituciones que no profesan ninguna creencia. Entre las formas en que se expresa esta resistencia está la de considerar que las personas creyentes son, por definición, poco inteligentes, sumisas y, por qué no, ignorantes. El argumento esgrimido por los jóvenes es el de que el creyente no cuestiona nada y a cada incógnita planteada por la vida responde con un “es la voluntad de Dios” o “Dios así lo hizo”. Algo verdaderamente injusto, ya que, entre los creyentes, no son pocos los que tienen que convivir con un número incontable de preguntas y de cuestionamientos, que no sólo no se ven atenuados por el hecho de creer en Dios, sino que, por el contrario, se ven exacerbados por eso.

            Parece mentira que se haya olvidado que no pocos de los más grandes filósofos e intelectuales de la historia creyeron en la existencia de Dios. No voy a dar una lista de nombres porque no tiene sentido; lo que sí quiero marcar es que la idea de creer en Dios no tiene por qué ir de la mano con una postura sumisa de doblegamiento intelectual. De hecho, no hay que olvidar que el fundador del cristianismo (que el cristiano tiene por maestro, líder y, por si  fuera poco, Dios mismo) fue un gran crítico de la realidad que le tocó vivir y que les enseñó a sus discípulos a mantener esa misma postura: críticos con la realidad política, con la realidad circundante y críticos también con la realidad religiosa. Él, que marcó la historia hasta tal punto que ella misma se divide en antes y después de su nacimiento, llegó a elevar los ojos al cielo y preguntarle a su mismo Padre por qué lo había abandonado. Quién ve en Jesús un ejemplo de subordinación intelectual y de apatía crítica, no ve a Jesús.

            Vivimos tiempos de pereza intelectual. Los partidos políticos se valen de la incondicionalidad irreflexiva de sus adeptos para llenarse los bolsillos, las religiones se nutren de la irracionalidad de sus fieles para subsistir, las publicidades nos vuelven idiotas hasta el punto de hacernos creer que necesitamos lo innecesario para poder vivir, la felicidad se convirtió en una utopía al alcance de la billetera, las redes sociales nos muestran cómo una persona puede mostrarse alegre y suicidarse a las pocas horas… Ejercer una actividad crítica no es una anormalidad religiosa, sino una anormalidad a secas.

            Por mi parte, seguiré ejerciendo mi libertad al momento de pensar y de decir lo que se me venga en gana. Siempre con respeto, pero con decisión y argumentos. Y que caiga el que tenga que caer, incluso yo mismo. Soy católico, creo en la democracia, no apoyo la legalización del aborto, confío en la ciencia y no dejo de hacerme preguntas y de cuestionar todo lo que me rodea. Y, tengo que admitirlo, esa tendencia a la crítica (tal vez innata) se vio reforzada después de leer los Evangelios.


sábado, 7 de enero de 2017

REFLEXIONES SOBRE EL PECADO ORIGINAL



Fresco de Miguel Ángel en la bóveda de la Capilla Sixtina


El concepto de Pecado Original no deja de parecerme increíble. Expresa una idea bastante curiosa de la existencia (al menos cristiana). La página católica oficial, Aci-Prensa, define al Pecado Original de la siguiente manera:


«Adán y Eva se dejaron engañar por el demonio y desobedecieron a Dios. Este fue el primer pecado en la tierra: el pecado original, y por esto todos los descendientes de Adán y Eva, excepto la Santísima Virgen María, venimos al mundo con el pecado original en el alma, y con las consecuencias de aquel primer pecado, que se nos transmite por generación.»[1]


            De esta manera, cuando nacemos no tenemos absolutamente nada, salvo el Pecado, como si lo malo fuera lo único que se hereda y transmite. Es interesante, el cristiano no cree en la reencarnación de las personas, pero sí en la reencarnación del Pecado. Esa falta cometida por Adán en los orígenes de la humanidad se «reencarna» en cada ser humano que nace.

            Por otra parte, el Pecado parece ser más fuerte que la Gracia. En teoría, Jesús (que es mucho más que Adán) vino a poner fin a esa mancha legada por el primer hombre. Leemos a San Pablo en su carta a los romanos:


«Y así como la desobediencia de uno solo hizo pecadores a muchos, así también por la obediencia de uno solo toda una multitud es constituida “justa”.» [2]


No obstante, según la interpretación oficial, y que parece contradecir al mismo Pablo, la Gracia no tendría el mismo alcance que el Pecado que pretende borrar. Dicho con otras palabras, mientras que el Pecado nace con cada hombre y mujer, la Gracia sólo está con aquellos que la aceptan conscientemente (o, en su defecto, con aquellos que la reciben de sus padres, que la dan conscientemente, por medio del Bautismo). Nadie se limpia del Pecado Original si no acepta a Jesús como su Salvador. Un ateo, sin creer en el Pecado, lo tiene, aunque no así la Gracia. Por esto mismo, el Pecado sería más solidario, extensivo y universal; y por ende más poderoso que la Gracia, siempre selectiva, limitada y exclusiva.

            Como puede verse, es el hombre (siempre el hombre) quien limita el Bien y le da alas al Mal. Por eso, me animo a concluir que una idea condicionada, incorrecta de Dios es mucho más dañina que el más profundo y militante ateísmo.




[1] Fuente: https://www.aciprensa.com/Catecismo/pecado.htm
[2] Romanos 6, 19.



sábado, 23 de mayo de 2015

¿QUÉ ES LA FELICIDAD?


          La felicidad es entender que estamos vivos, que tenemos una mente y un corazón, que es lo mismo que decir que tenemos un alma. Es saber que el pasado ya quedó atrás y que el futuro no existe, que mientras estamos vivos (sin importar las condiciones) estamos tan vivos como cualquiera. Es descubrir que hay un Padre bueno que cuida de nosotros, y que por ende la sola idea de miedo es absurda. Ser feliz es dejarse sorprender por la vida sin imponerle tantas interpretaciones, sabiendo que hay cosas malas que derivan en buenas y cosas buenas que al final nos perjudican. Ser feliz es besar, reír, llorar, amar, entregándolo todo en ese instante. Ser feliz es vivir sintiendo la vida. Nada más.


domingo, 3 de mayo de 2015

Decálogo de la felicidad


1) Es feliz quien, antes que entender la vida, se dispone a vivirla.
2) Es feliz quien ama sin esperar ser amado y no odia aun siendo odiado.
3) Es feliz quien el tiempo para amar no le deja tiempo para odiar.
4) Es feliz quien no sólo pone la otra mejilla, sino que también extiende la mano.
5) Es feliz quien se ve detenido sólo por la muerte y no por la posibilidad de ella.
6) Es feliz quien encuentra lo que le gusta y no lo pospone.
7) Es feliz quien, tanto al levantarse como al acostarse, agradece.
8) Es feliz quien ve la belleza en una mariposa, una rata, una araña y un delfín.
9) Es feliz quien no lucha contra el miedo, porque no le da entidad suficiente como para convertirlo en contrincante.
10) Es feliz quien no necesita saber que es feliz.


Si sos feliz hoy, qué te importa si vas a morir mañana. Ahora bien, si te importa si vas a morir mañana, jamás podrás ser feliz hoy.


lunes, 20 de abril de 2015

TRES SIMPLES RAZONES PARA CREER EN LA EXISTENCIA DE UN JESÚS HISTÓRICO




En su novela El péndulo de Foucault, Umberto Eco pregunta, por medio de un personaje, por qué no podríamos pensar en la posibilidad de que Jesús haya sido un invento*. La historia de la humanidad está hecha de ellos, y muchos, aunque nacidos de la imaginación de los hombres, han encontrado su «confirmación» en el mundo de las cosas reales. De esta manera, Eco da voz al mitismo, esa corriente que pone en duda no ya la divinidad del carpintero de Galilea, sino su misma existencia histórica.


miércoles, 5 de marzo de 2014

Sobre la muerte (y, por ende, sobre la vida)


Stultum est timere quod vitare non potes.
(Absurdo es temer lo que no se puede evitar.)
Publio Siro (siglo I a. C.)


            Envidio (aunque no admiro) a las personas que pueden vivir su vida evitando pensar en la muerte. Por el contrario, me dan pena aquellos que se sumergen en un pensamiento obsesivo, que contamina cada uno de los días que viven bajo el sol, convirtiendo hasta la tarde más hermosa en una noche cerrada, llena de sombras. Para los primeros, la muerte espera, y de su cercanía o lejanía (siempre falsa y supuesta) dependerá el nivel de pánico o de tranquilidad que los embargue. Y para los segundos, la muerte ya ganó su combate, y cuando llegue y los arranque de este precario mundo no tendrá más que venir a retirar lo que ya es suyo, de la misma manera que una persona que ganó una rifa no tiene más que retirar un premio que ya lleva su nombre. Y es que la muerte no gana cuando mata a alguien, sino cuando contamina su vida, cuando obliga a vivir a quien no murió como si ya lo hubiese hecho, cuando se hace presente antes de estar, en rigor, presente. Dicho más brevemente: la muerte gana cuando infunde miedo.

viernes, 27 de septiembre de 2013

Sabiduría e inteligencia

Jesús y los fariseos - James Tissot
Se puede alcanzar la teoría sin que, por eso, la vida cambie en lo esencial. Recuerdo el pasaje en el que, refiriéndose a los maestros de la Ley y a los fariseos, Cristo exhorta: “Hagan y cumplan todo lo que ellos dicen, pero no los imiten, porque ellos enseñan y no practican” (Mt 23, 3). El hecho de que la teoría no tenga un correlato en la práctica no anula ni desautoriza esa teoría. Se puede saber cómo hay que vivir, qué cosas son las verdaderamente importantes, qué merece desvelos y qué no; se puede saber teóricamente todo eso y, sin embargo, seguir con una vida ansiosa y desequilibrada. A lo mejor, por esto mismo vivimos en un mundo con gente cada vez más alfabetizada, más informada y en algún punto (a discutir) más inteligente, pero definitivamente menos sabia; un mundo donde el médico fuma, donde el psicólogo va al psicólogo y donde el deportista no está exento de los más peligrosos excesos.

jueves, 26 de septiembre de 2013

Los caminos de la felicidad

Aristóteles

             Mientras más uno se pregunta sobre la felicidad, menos es capaz de alcanzarla. Entre los males de nuestro tiempo se encuentra esa absurda y lastimera propensión a preguntarnos todo el tiempo si lo que hacemos, si las personas con las que estamos, si el trabajo al que le dedicamos nuestra vida nos hace feliz. Desde el momento en que nos preguntamos eso empujamos la felicidad varios metros (o kilómetros) más adelante. Creo que mis abuelos eran felices, y lo eran porque no esperaban serlo. Simplemente vivían, tomaban sus mates a la tarde y veían crecer a sus hijos primero y a sus nietos después. Ahora, en cambio, solemos interrumpir el curso de la vida con la angustiante pregunta: ¿Esto me hace feliz? ¿Él/ella me hace feliz? No hay que preguntarse entonces por qué hay tanto depresivo suelto o por qué los matrimonios ya no duran como antes. Los psicólogos, por su parte, están chochos.